Emprender no es tecnología es actitud proactiva

Yo no fui el “listillo” ni el sportsman activo y sociable durante mi infancia, en todo caso pude ser un niño noble y soñador (por lo que me han contado) dado que sí desarrollé desde muy pequeño una gran pasión, ilusión y creatividad pero que rara vez exteriorizaba. La pena es que en mi afán de estimular y apoyar a los demás, prolongué mi ingenuidad durante muchos más años de los que hubiese deseado. La mayoría de las veces no tuvo el menor sentido. Las ideas en un entorno infértil no son bienvenidas, nunca.

Emprendiendo desde niño

A los 8 años creé junto con mi hermana nuestra primera (y única) exposición de caricaturas y dibujos. Ella dibujaba y yo traía a los “clientes” al “museo”. A los 10 años vendí durante un verano pulseras hechas a mano y canicas de colección. El negocio fracasó al incorporar como empleados a los que debían ser mis clientes que, dicho sea de paso, ni producían ni compraban.

A los 12 años vendía pelotas de tenis y de frontenis de segunda mano en perfecto estado. Además, intentamos vender botellas de vidrio recicladas. Para completar esta experiencia empresarial y pulir mis dotes de negociador, intercambiaba tazos (figuritas con forma de círculo que se vendía en los paquetes de snacks o golosinas y con las que jugábamos) y cromos (de jugadores de fútbol) con mis amigos y compañeros.

Y la tecnología hizo su aparición

mi pueblo

Durante toda esta etapa no disponía de Internet ni de teléfono móvil y vivía en un pequeño pueblo de Valladolid de apenas 250 habitantes. Cuando entré de lleno en la adolescencia, las cosas cambiaron ligeramente. La era de las máquinas entró en nuestras vidas a los 13 ó 14 años. Aunque yo jugaba cada fin de semana al tenis (hasta los 18), mis amigos y compañeros comenzaron a sentirse particularmente atraídos por la electrónica de consumo: primero fueron los Tamagotchi, las Play Station y luego las Game Boy y todos sus derivados. Ya no había tiempo ni motivación para jugar al fútbol ni para montar en bici y nos habíamos hecho demasiado grandes para seguir haciendo cabañas en los árboles o para fabricar cualquier transporte rudimentario que nos permitiese navegar por el río o por el canal que regaba las tierras cosechables. Mis amigos estrenaron sus primeras motos a los 14 o 15 años y desaparecieron los resquicios de cualquier atisbo de actividad sana. Hasta hoy.

El fin de la Humanidad

Poco a poco mi creatividad, mi ilusión y mis ganas de hacer cosas fueron desapareciendo: no había apoyos. A día de hoy, me da pena regresar al pueblo que me vio crecer y ver que ni los jóvenes ni los mayores pasean. Donde ya no se ven bicicletas en las puertas de las casas. Donde los desempleados desgastan los sofás del salón (aunque por suerte sigue funcionando el bar). Donde hay edificios públicos en perfecto estado pero inutilizados. Donde escasea la comunicación entre vecinos. Donde se penaliza cualquier atisbo de iniciativa. Donde la alegría sólo se manifiesta dos veces al año en las fiestas populares. Donde cada día están más aislados del mundo. Lo peor es que no hay vuelta de hoja. Las diferencias entre unos y otros les impide buscar alternativas…

Emprender es tener amor propio

Emprender y tomar la iniciativa no tiene que ver con la crisis económica, ni con los días de lluvia y frío, ni directamente con la tecnología ni con parecerse a los emprendedores de Silicon Valley. Más bien, tiene que ver con tener un poco de amor propio, abrir los ojos y ver las cosas de otra manera, tener ideas, buscar una mejora de tu entorno, colaborar y cooperar con los demás, etc.

Cómo me gustaría poder desarrollar iniciativas de impacto social y cultural en los pueblos de Valladolid que mejoraran el clima social y laboral que los rodea. Sería un sueño volver a ver generaciones unidas, vida en las calles, movimiento, un cuidado por los espacios públicos y tantas otras oportunidades que, junto con las tecnologías sociales, amplificarían el mensaje.

Ya sabes mi historia, ahora tú: ¿qué sucede en tu entorno?